Overblog Seguir este blog
Edit post Administration Create my blog

EL COMERCIANTE Y LA CIUDAD EN EL OCCIDENTE TARDOANTIGUO

El carácter de la ciudad antigua como centro de administración y representación más que como núcleo productivo en el sentido moderno explica que a lo largo de todos los siglos de la Antigüedad fueran los comerciantes y no los industriales los que se vieran con más frecuencia moverse en ella. Sólo con su ayuda se podía contar con suministros alimentarios estables que alejaran el fantasma del hambre y sólo ellos podían proporcionar a las exigentes aristocracias urbanas el sinfín de objetos de lujo que realzaban su elevado estatus.

Durante los primeros dos siglos del Imperio, esta labor recayó en comerciantes que trabajaban sobre bases privadas, casi siempre antiguos esclavos liberados (libertos) cuyo papel económico insustituible los fue encumbrando en las grandes como en las pequeñas ciudades, a pesar de que, por razones ideológicas, casi nunca pudieron acceder a las magistraturas urbanas de primer orden. Pero hacia fines del siglo II d. C. la crisis de la minería de la plata y la generalización de la guerra defensiva puso al Estado frente a la más grande de las crisis conocidas ante entonces. La crisis jugó en contra de las ciudades y de sus comerciantes, pues la labor que éstos realizaban sufrió la injerencia de la administración central cuyas necesidades de transporte y suministro y cuyas dificultades de pago requerían del concurso de un número cada vez mayor de transportistas y comerciantes controlados oficialmente que se hurtaban al servicio de los municipios.

Las necesidades de las ciudades, sin embargo, no habían desaparecido: los suministros eran más necesarios que nunca y las clases curiales no mostraban menos afición que antes al consumo de lujo. El papel de los comerciantes-libertos ( desaparecidos completamente a causa de la crisis) con respectos a las ciudades comenzó entonces a ser desempeñado por mercaderes orientales, denominados, con carácter genérico, Syrii o sirios. A lo largo de los siglos V y VI d. C. vemos establecidos a estos transmarini negotiatores en todas las ciudades de importancia en Galia, Hispania e Italia, donde formaron comunidades a veces numerosas en las que algunos individuos llegaron a ser muy ricos. Una fuente de época visigoda, el Libro de los Jueces o Liber Iudicum (LV 11, 3), especifica entre los objetos habituales de su comercio el oro, la plata, los vestidos y las joyas, a los que debe añadirse el papiro, la seda o el marfil que nombran otras fuentes, así como la vajilla de vidrio, la cerámica fina de servicio de mesa y el vino oriental en ánforas que se documentan en el registro arqueológico.

La reaparición de un comercio ciudadano transmarino requirió de instrumentos financieros adecuados. En un mundo donde la moneda metálica era prácticamente el único elemento de pago, fueron los cambistas privados (nummularii) o semipúblicos (zygostates) los que dominaron el negocio. Pero la crisis del siglo III d. C. había abocado también a una situación monetal completamente nueva en la que, por falta de plata, el circulante acabó polarizado entre especies de oro y monedas de vellón. Éstas últimas se usaban en transacciones cotidianas y de ninguna forma eran aceptadas como pago de impuestos o rentas. Así, para pagar sus impuestos y rentas los pobres debían encomendarse a los ricos como clientes, echar mano de los cambistas, que recibían directamente de la ceca las piezas de oro, o, aún peor, recurrir a los prestamistas.

Cambistas y prestamistas procedían de las comunidades de comerciantes o se relacionaban estrechamente con ellas. Ello aumentaba el poder y la influencia de los mercaderes, lo que obligaba al poder local manteneros controlados y recluir sus transacciones en un recinto especial (cataplus, teloneum) donde se recaudaban los impuestos al tráfico comercial y donde regía una legislación específica. No siempre fue posible, sin embargo, mantenerlos al margen: el enriquecimiento súbito de muchos de estos comerciantes fue la causa inmediata de su acceso a las más altas magistraturas ciudadanas que entre tanto habían dejado de estar cerradas a los comerciantes. Entre los cargos públicos municipales, la dignidad episcopal adquirió una importancia creciente a partir del siglo V d. C. y no era raros los casos en los que los comerciantes orientales acababan comprando el cargo, convirtiéndose en este modo en los personajes más influyentes de sus comunidades. Con evidente exageración , pero con un fondo de verdad, señalaba Gregorio de Tours (538-594) que, en su tiempo, lo habitual es que los curas comerciasen y los comerciantes cantasen misa.

Compartir este post

Repost 0