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EL SUEÑO (DORADO) DE CONSTANTINO

Los historiadores de la economía y los de la cultura suelen escribir los unos a espaldas de los otros. Para justificar e el desinterés hacia sus colegas, los primeros, echan mano del aforismo marxista o más bien engelsiano que dice que todo análisis histórico es en última instancia un análisis económico. Y ello, a pesar de que, como ya señaló Althusser, nadie se haya molestado nunca en explicar en qué consiste exactamente eso de la “última instancia”. Los segundos esgrimen la autonomía de lo simbólico, convencidos como están de la infinita capacidad que el hombre tiene para creer. No les falta razón ni en lo primero (la autonomía de lo simbólico) ni en lo segundo (la fuerza enorme de la fe). Pero seguramente, en su desdén, declinan fijarse en las cosas materiales que forman parte, también ellas, de los sueños. Lo digo a propósito de un libro reciente de Paul Veyne: El sueño de Constantino. El fin del imperio pagano y el nacimiento del mundo cristiano, Paidós, Barcelona 2008). Se trata, por supuesto, de una obra magnífica, más allá del papanatismo editorial que ha transformado el título original del libro (Quand notre monde est devenue chrétien? -312-394-), temeroso quizás, dados los vientos laicistas que corren, de no vender bastante. Su tesis central desafía todas las versiones “utilitaristas” de corte político acerca de la conversión de Constantino, pues sostiene que el primer emperador cristiano fue un converso de buena fe. Es decir, que realmente se hizo cristiano, desafiando la inercia de siglos de religión oficial romana. Las páginas que dedica Veyne a demostrar, sin ser cristiano, la superioridad ontológica (¿o debía decir onto-teológica?) del cristianismo sobre el paganismo son magníficas. El retrato del clima espiritual de una época, no podía defraudar siendo Veyne el autor. También está logrado el retrato psicológico de Constantino, siempre esquivo, siempre entre cortinas, como un buen emperador tardío.

Pero hoy, pensando en cosas que me traigo entre manos, he caído en la cuenta de una serie de coincidencias entre lo “material” y lo “espiritual” que, sin empañar el relato simbólico de Veyne ni acabar de dar la razón a los economicistas, me ha parecido se ordenan de una manera que pueden hacer pensar en que la decisión de Constantino no fue ajena ni al realismo ni a la fe. Al contrario, bien pudo ser una resolución fruto de un “realismo mágico” que conmueve por la complejidad de los hilos que manejó y la profundidad del giro impuesto a la corriente de una Historia que no se dirige nunca hacia la hora solitaria de su última instancia.

La cosa, si es realista y es mágica a la vez es que tiene que ver, no podía ser de otro modo, con el oro. Tras más de cien años de emperadores empeñados en la defensa a ultranza de la moneda de plata a costa de infravalorar el precio del oro, en lingotes y amonedado, de terco bimetalismo monetario, de enroque en torno a una divisa, el denario/antoniniano/aurelianiano, ayuna casi de plata pero hinchada en su valor facial, Constantino decide en 309, de un plumazo, hacer girar el sistema monetal romano sobre un patrón único y poderoso como ninguno: el oro. Otros emperadores le habían preparado el camino, sin atreverse en el fondo a ir mucho más lejos de lo que fue el primero de los que apostó, aún tímidamente por el metal amarillo: Nerón. El final trágico del emperador loco y el derrumbe de su casa los había, quizás, persuadido de ello.

Joaquín de la Hoz ha estudiado el carácter revolucionario de la acuñación áurea de Nerón, demostrando su intención financiera en el sentido de creadora de valor sin un excesivo coste de extracción y acuñación. Es cierto, no obstante, que Nerón hacía de necesidad virtud, pues la plata escaseaba claramente ya en su época. Por otra parte, el último Julio-Claudio acababa dando un paso atrás al respaldar en Occidente sus emisiones de áureos reducidos de peso con acuñaciones de grandes sestercios realizados con cobre de las mimas minas de Hispania cuya plata ya flaqueaba. La devaluación de áureo se hacía, por lo tanto, en beneficio de la cada vez más esquiva plata y de un bronce que podía todavía representarla sin demérito, es decir, sin renunciar a hacer justicia metálica a su valor facial. Un quiero y no puedo. Aumentar el gasto estatal con un valor fuerte para forzar el regreso fiscal del gasto realizado no tenía sentido si este regreso no se hacía en el mismo metal dorado, metal al que se le hurtaba, por añadidura, una posición preponderante como referente de valor. El coloso dorado se vino abajo sobre sus débiles pies en los jardines de la Domus Aurea.

Parece que Constantino aprendió de este fracaso, si no directamente, si en las cabezas de Septimio Severo y de Diocleciano. El primero redujo bruscamente, movido por necesidades financieras, desde luego, el contenido en plata del denario, compensando la medida con la rebaja del precio del oro, verificada tras la llegada del metal procedente de la conquista de Mesopotamia, y con la puesta en venta de los bienes confiscados a los partidarios de sus adversarios de las guerras civiles. Es decir, Severo no dio un solo paso en contra del sistema bimetálico y del uso de la plata como referente de valor. Como consecuencia, su hijo Caracalla tuvo que inventar una moneda nueva para esconder una nueva rebaja en peso y en contenido en plata: el antoniniano. Con ello, se convertía en el primer epónimo monetal que alcanzaba esta gloria inventando una moneda de calidad dudosa. Compañía non grata en el Parnaso de los éponimos para Creso, Darío y Filipo, grandes amonedadores de oro.

Diocleciano parece más taimado. Nunca renunció a defender la moneda divisionaria, siguiendo incluso a Aureliano en el intento de separar el valor real de la moneda de bronce de su valor en unidades de cuenta, requisito imprescindible para convertirla en un artículo de fe. Fue un fracaso total que obligó a la promulgación del Edicto de Precios Máximos sólo tres meses después: ¿única salida de una maniobra mal calculada? Única, no. Desde 301 Diocleciano impone la venta obligatoria de oro y plata al Estado a cambio de vellón devaluado (coemptio auri argentique, aunque mucho me temo que fue más aurei que argenti). El mantenimiento del bajo valor tradicional del oro parece responder ahora más que a la inercia de la tradición defensora de la moneda divisionaria a la necesidad de comprar oro barato para cambiar completamente la sangre del cuerpo debilitado y moribundo de la Res Publica, es decir, para sustituir las reservas de plata por reservas de oro.

Sólo faltaba, cuando la operación estuviese avanzada, imponer el oro como medida de valor y único metal aceptado por el estado en sus transacciones y en la recaudación, lo que permitiría a su vez revalorizarlo de forma definitiva y demoledora para las clases menesterosas. Se daba así el golpe de muerte a una plata que hacía ya decenios era un puro fantasma. Esta fue la labor de Constantino. El emperador parece haberlo entendido así desde muy temprano. Desde 309, emite una moneda nueva de gran calidad y peso reducido a 1/72 de la libra, el solidus, cuyas emisiones, según los análisis, se alimentan tras la muerte de Majencio de metal procedente de tesoros confiscado. El Anonnymus de Rebus Bellicis culpó precisamente a Constantino de dos cosas: haber sustituido el bronce por el oro en los intercambios y haber creado una especie de fiebre del oro emitiendo sin cesar con los tesoros requisados a los templos paganos. ¿Tenía ya Constantino en mente esta posibilidad antes de la batalla de Ponte Milvio?

En Egipto, las compras obligatorias de oro continuaronn hasta 324, año de la derrota de Licinio y de la anexión de Oriente por Constantino. Con éste, desaparecen, pues, las coemptiones y, paradójicamente, las reservas de oro parecen alcanzar su máximo nivel. Sólo un año después de la derrota de Licinio, son lo suficientemente densas como para poner en marcha una fiscalidad basada en el solidus usando monedas de 23,5 quilates en las que, por primera vez en decenios, el peso teórico y el real coinciden casi milimétricamente. ¿Ha puesto Constantino, como sostiene el Anónimo, sus manos en los tesoros de los templos, esta vez de Oriente? No habría sido el primero en hacerlo, desde luego, pero sí el primero que, libre de la carga de un prejuicio religioso cuyo alivio debía, no lo dudamos, a nueva una fe voluntaria y conscientemente aceptada, habría podido llevar a cabo la labor de una manera sistemática y calculada sobre un cuerpo religioso debilitado.

¿Existió, pues, un vínculo más estrecho de lo imaginado (aunque no unívoco ni exclusivo) entre la conversión de Constantino al cristianismo y su conversión al oro, un vínculo que no fue necesariamente un cálculo exclusivamente económico (racional), pero tampoco del todo un movimiento devoto (emocional)? Al fin y al cabo, en el oro se han reunido siempre su valor simbólico decisivo como encarnación metálica de la divinidad y la eternidad y su altísima capacidad adquisitiva, lo que ha hecho de él la materia privilegiada del gasto financiero. Realismo mágico es quizás, como un día me sugería Genaro Chic, el apelativo que más cuadre a la política de un hombre ambicioso y de un político sagaz cuya visión del Estado alcanzó a muchas generaciones más allá de la suya.

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