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ESPACIOS MÍTICOS Y ESPACIOS POLÍTICOS: PARA UNA TEOLOGÍA DE LA CIUDAD ANTIGUA

En “The image of the city” (Cambridge, Massachusetts, 1960) el urbanista Kevin Lynch propuso que la imagen de la ciudad es una especie de mapa mental en la cabeza de sus habitantes en virtud del cual éstos pueden habitarla y orientarse en ella. Como cualquier mapa, la imagen de la ciudad está constituida para Lynch por elementos poligonales, nodales y lineales:

• Vías: calles, avenidas, líneas férreas.

• Límites: contornos perceptibles que impiden el tránsito: muros, construcciones, línea de costa.

• Barrios o Distritos: secciones relativamente grandes de la ciudad con su propia identidad.

• Nodos: puntos de convergencia de personas como cruces de vías y plazas

• Marcos: Objetos peculiares que sirven como punto de referencia.

Aunque en este desglose de los elementos urbanos no se señala explícitamente, la idea del mapa mental de Lynch está presidida por el concepto de circulación, una circulación favorecida por las vías, los nodos o los marcos e interrumpida por los límites. Solo el concepto de barrio o distrito introduce el elemento identitario y subjetivo ajeno a la facilidad de transporte.

Sin embargo, y como señala Iván Illich en “H2O y las aguas del olvido”, el concepto de circulación está ausente como tal del mundo y la mentalidad antiguas, por lo que el esquema de Lynch es de dudosa utilidad para una fenomenología de la ciudad en la Antigüedad. Sólo a partir de los trabajos de Servet y Harvey se puso de manifiesto para nosotros un proceso sencillo que hoy resulta evidente: la circulación periférica y no radial de la sangre, que no se hace por irradiación desde y en dirección a un centro. En la anatomía de Harvey, el papel del corazón es simplemente mecánico: impulsa la sangre para que esta se distribuya “alrededor” del cuerpo en un sistema circulatorio. La noción se opone a la de la medicina antigua para la cual la sangre era impulsada por el corazón (o el hígado) para ser consumida por el cuerpo que la devolvía mediante infiltración a través de las paredes musculares. El concepto de sistema está totalmente ausente de una imagen en la que los músculos no constituyen límites infranqueables entre cavidades, pues no pueden oponer verdadera resistencia al poder radiante del centro vital.

En la ciudad antigua no prevalecen los ejes de circulación abstractos, sino los itinerarios significativos en los que el poder se muestra e irradia (triunfos imperiales, procesiones papales…). Itinerarios jalonados por hitos cuya función no es orientadora en el sentido racional, sino en el sentido mítico (sagrado). Incluso en el modelo urbano más racional, el hipodámico, la sistematización de los tránsitos está subrayada por emanaciones: la del agua en las fuentes que jalonan los compita, la de la sacralidad en templetes y aras colocados en las esquinas. En los caminos radiales que emanan de la ciudad, y que se hallan custodiados por los muertos, los templos rurales y las ermitas son otros tantos jalones desde los que emana lo sagrado. El límite que marca un acueducto atravesando el tejido urbano interrumpe el paso en varios puntos, porque su destino no es circular en nuestro sentido, sino desembocar en un gran castellum o en una fuente monumental que distribuye el agua como don regio. Aún sobrecoge la mole del Aqua Neroniana atravesando el área lateranense o la del acueducto segoviano a cuyo paso se pliegan las calles actuales (y no al contrario). El mismo sentido tienen “nodos” como la fontana de Trevi, en Roma, cuya función no es el encuentro de los ciudadanos, sino la manifestación de la grandeza del papa en la donación del agua vital a través de una escenografía incomprensible hoy para las multitudes de turistas. En ciudades como Écija o Mérida el papel de los foros es menos el de convergencia de tránsitos que el de la irradiación ideológica en torno a la presencia del emperador, por eso es frecuente que se rodeen de muros que señalan el espacio sagrado y que, de nuevo, impiden el paso. Señalan un interior y un exterior comunicados mediante irradiación y no mediante ejes de circulación abstractos. De nuevo en Écija, el sistema de evacuación de aguas residuales es sectorial e imperfecto. Carece de un sentido de circulación propio concebido de forma global y no es infrecuente que las cloacas radiales desemboquen en el rudus de las vías principales, desapareciendo por infiltración como en la circulación de la sangre anterior a Harvey. ¿A alguien preocupó que las calzadas acabasen hundiéndose en muchos puntos socavadas por el agua infiltrada? Se reparaban y vuelta a empezar. Los foros mismos crecen de forma orgánica, se adosan y multiplican, como en Roma, como en Tarraco, como en Emerita, en otras tantas manifestaciones de la irradiación imperial. Están separados por muros y la comunicación entre ellos es difícil, pues no se concibieron a la manera de los nodos de Lynch.

¿Hacen falta más ejemplos? Cabe preguntarse hasta qué punto necesitamos de una fenomenología especial para comprender el espacio urbano que nos libere del corsé impuesto por una sistematización racional del mundo antiguo que en poco le hace justicia.

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