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SUJETO, PERSONA, COMUNIDAD

Decía Hans Georg Gadamer (1900-2002) que en los años de su formación (que fueron los de la Primera Guerra Mundial y su inmediata posguerra) había adquirido el hábito intelectual de no emprender ninguna investigación, por sencilla que fuera, sin antes hacerse cargo del origen y la historia posterior de cada uno de los conceptos importantes que estaban implicados en ella. A un historiador como yo, esta exigencia no sólo le resulta simpática, sino también, y sobre todo, correcta e irrenunciable. Es por esta razón que, ante la necesidad de enfrentarse al significado mismo del concepto de persona, uno no renuncie a la (ingrata) tarea de sumergirse en la prehistoria del mismo concepto de persona y de aquéllos que se relacionan directa e históricamente con él en lo que una mente filológica, denominaría su mismo “campo semántico”. Las claves las da el propio Gadamer en un breve trabajo de 1975 titulado “Subjetividad, intersubjetividad, sujeto y persona” (en “El Giro Hermenéutico, Barcelona, 1990) en el que parte de la formulación clásica de la idea de sujeto (subiectum) para llegar a un concepto de persona que pone en juego todos los recursos y todas las implicaciones del pensamiento moderno.
Sujeto significa, etimológicamente, lo que se encuentra por debajo, traduciendo, bastante literalmente, el concepto griego clásico de hipokeimenon, en términos platónicos: “aquello que permanece inmutable dentro de lo que cambia”. Es algo así como un sustrato invariable del ser sobre el que se acumulan los cambios (accidentes) sin que, sustancialmente, deje de ser lo mismo. “Sujeto” y “sustancia” tienen, por tanto, un campo común de comprensión opuesto al ofrecido por el concepto de accidente y su equivalente “determinación”, lo no sustancial, si es que debemos seguir a otro clásico, Spinoza, para quien la “sustancia” es aquello que “es en sí y se concibe por sí” frente a lo que es en otro y necesita de otro para ser considerado (la “determinación”: la “sustancia” tiene infinitas “determinaciones”).
El pensamiento clásico ofrece, pues, desde bien pronto, las bases para considerar la unidad sustancial del sujeto, bien entendido que, por ahora, este “sujeto” carece de la connotación personal que le ofrecerá el pensamiento posterior a partir, como es notorio, de Descartes. En su magno proyecto de encontrar una justificación racional del pensamiento absolutamente inobjetable, Descartes llega incluso a dudar de la misma idea de sustancia (sin más) que le ofrece toda la tradición anterior, construyendo un nuevo punto de partida en el cual resulta de todo punto necesario que esa sustancia inobjetable que se busca sea una sustancia consciente de sí misma, un pensar sobre el pensamiento mismo: “pienso, luego soy”. Se añade ahora a la inmutabilidad del sujeto la exigencia de la reflexión, la necesidad de que sea un sujeto que se vuelve sobre sí mismo y se hace autoconsciente. Es sabido que tal exigencia introduce de rondón el “accidente” del solipsismo, es decir, la incapacidad de ese sujeto racional para salir de sí mismo y hacerse cargo de un mundo sobre el que siempre se puede dudar.
Es también notorio que fue Kant el artífice de esta “salida” hacia un mundo cuya “posibilidad de existencia” pasó a ser una derivada de la capacidad del sujeto para representárselo, para convertirse en algo así como el receptáculo (invariable: sustancial) de todas las representaciones posibles. A la reflexión como actividad propia del sujeto, Kant añadió, pues, la representación, un concepto que veremos reaparecer a propósito de la persona, aunque cargado desde luego de nuevas connotaciones.
Anque el sujeto había ganado con esto la posibilidad de representarse el mundo, seguía careciendo de la capacidad de enfrentarse a otros sujetos capaces igualmente de tener representaciones. El sujeto kantiano ya es personal (autoconsciente y capaz de representaciones –apercepciones- válidas sobre el mundo), pero se trata aún de una persona “abstracta”, un “sujeto puro” entre cuyas representaciones, la de la existencia misma, con sus matices y sus giros irracionales, con sus encuentros con los demás, le está vedada completamente.
Hablando de existencialismo, de experiencia, de reflexión sobre la existencia como algo más que una pura y mera representación racional, la figura de Unamuno es fundamental. Construyendo sobre el “decisionismo” kierkegaardano, es el primero (así lo reconoce Gadamer) que pone sobre la mesa el concepto de “intersubjetividad”, el juego (otra idea que nos llevará lejos) de las reflexiones mutuas, de la interacción entre personas. Que existan más personas (más sujetos de representación) exige que cada una de ellas se desembarace de sus pretensiones de absoluto (de su “pureza”) y se enfangue con las cosas del mundo de la experiencia (“mundanea”, solía decir Heidegger). Pero esto no es posible si se mantiene el concepto de sujeto como una sustancia invariable, de manera que el desafío es ahora el de considerar al sujeto no como receptáculo invariable de todas las representaciones, sino como representación cambiante él mismo.
A partir de la aporía agustiniana del tiempo (no soy ahora, porque ahora ya es ido: ¿qué soy entonces?), Heidegger introduce este cambio propio del sujeto-persona como una cuestión eminentemente temporal, llegando a la formulación de su famoso Da-sein. El sujeto es un ser-ahí, un punto cambiante en el tiempo determinado por lo que ha sido y lo que será: el horizonte de la muerte. Un venir de la nada para regresar a la nada, un ser incomprensible sin estos puntos de referencia a ambos extremos de la línea de la existencia. Fin de la desustanciación del sujeto. Y sin embargo, ¿Qué pasa con los demás? ¿Cuál es el papel de los demás en la construcción del mundo? La respuesta está para Gadamer precisamente en el “papel” del Da-sein, es decir en la idea del ser como representación, pero no como sujeto de representaciones, a la manera kantiana, sino como pura representación de un papel, en el sentido en el que la mayoría de las lenguas europeas (no el castellano) conciben el hecho de representar: desempeñar un papel: jouer, to play, spielen, “jugar” (término impropio en castellano).
Lo característico de la persona no es entonces ser un receptáculo de representaciones, sino representar un juego y eso está implícito en la misma etimología del término (voilà, volvemos a los clásicos): “prosopon”, “persona”, la máscara del actor en virtud de la cual la “persona” (el “personaje”, decimos en nuestro sanchopancista idioma) deja der ser una sustancia unitaria y pasa a desempeñar un papel variable (propio, en el pensamiento clásico, del accidente). Finalmente, la base de la unidad personal es la posibilidad misma de desempeñar cualquier papel (de compartir un espacio común a todos y es necesario darse cuenta cómo pasamos del interés por el tiempo a lo determinante del espacio). Desaparece el actor y emerge el personaje: la persona es pura representación. Esto es básico (aunque no se caiga en ello) en nuestra misma tradición religiosa (griega y también judía) en la que cada una de las personas de la Trinidad no es sino (salvado el misterio) una forma de actuación de la misma sustancia divina: una forma de estar en el Mundo.
Para Gadamer, la representación que es propia de la persona se da en el seno del lenguaje, pues no se trata simplemente de la posibilidad de ser otro, de pura intercambiabilidad de papeles, sino del hecho de “ponerse en el lugar del otro”, de ser el otro siendo uno mismo. Y esto sólo es posible si se comparte un terreno común, que para Gadamer es el lenguaje, pues, “desde la primera palabra, se ve uno enredado en el juego completo del lenguaje”. Representar es actuar (jouer) en nombre de otro con una causa común (es el mismo sentido en que se dice del abogado que es representante de alguien), valer por el otro, porque se juega en el mismo terreno que el otro. Ser lo mismo que el otro. Ser comunidad.
Habría que discutir (y mucho) si el juego es un juego completamente lingüístico. Pero lo interesante es esta idea (comunitaria) de jugar en el mismo campo y valer por el otro, valerse por los otros… A partir de aquí, se abre el horizonte completo de un personalismo que sea comunitario.

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