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HORAS MUERTAS 


Una estancia relativamente larga en el aeropuerto de Marseille-Provence debida a la falta de adecuación entre los trenes y los vuelos de Raynair me hizo, la cabra siempre tira al monte, encaminarme a la librería (ese oasis) para buscar algo con que aliviar las horas de espera. Encontré un par de libros de autores de moda entre los antimodernos como yo: André Compagnon y Alain Finkielkraut. Prefiero de largo al primero, pero esta vez, su libro era un estudio sobre Montaigne que me pareció poco atractivo, dada las circunstancias. Así que elegí el libro de Finkielkraut. Después de todo, Finkielkraut, tanto como se lo critica, siempre me parece que tiene algo que decir si estamos dispuestos a escuchar. No hace mucho que me he “enganchado” con su programa Répliques, más de veinte años de emisión, todos los sábados a las 9’00 en France Culture, programa que sigo cada semana a pesar de mi francés defectuoso. El libro en cuestión se llama “L’identité malheureuse” (La identidad desgraciada) y está dedicado al difícil problema de la identidad perdida de los europeos y su mala conciencia étnica, al mestizaje, a la convivencia cultural, a la situación social en Francia… En realidad, como suele suceder con Finkielkraut, es un diagnóstico de la sociedad moderna, de la tradición y de lo nuevo, de lo permanente y lo fugaz, del libro y de la imagen, de lo políticamente correcto y… del velo islámico, verdadero leit-motiv que recorre las páginas de la obra como una incógnita permanente.
El autor tiene una endiablada facilidad para pasar de un tema a otro y acaba, como de costumbre, realizando una radiografía más o menos certera de la sociedad actual. La brillantez de su prosa y un fondo de lecturas impresionante hacen sus argumentos, como poco, interesantes, aunque no se esté de acuerdo totalmente y siempre con él. Cierto sentimentalismo intelectual muy propio del último Finkielkraut puede resultar más o menos molesto, según el lector, pero, como quiera que sea, el tono y la forma de mantener encendido el piloto de la tensión intelectual siempre llaman la atención y obligan a contener el aliento al lector interesado. A veces pienso, no obstante, que Finkielkraut no acaba de llegar al fondo de las cuestiones, que el tour de force intelectual y erudito al que somete su prosa y su pensamiento no le deja sumergirse libremente en el pozo de la crítica sincera y desembarazada de la Modernidad, siendo tan fácil como es chapotear en el barro republicano e ilustrado creyéndolo agua cristalina. Pero, como de costumbre, un filósofo es un filósofo, y donde los hombres sensatos ven una respuesta, él ve una pregunta; donde la mente satisfecha cree encontrar dos caminos (habitualmente el del bien y el del mal), el pensador ve tres. Una cosa me interesa especialmente: la presencia constante y creciente de Blaise Pascal y de Charles Péguy en la obra de Finkielkraut. Si estamos atentos a sus voces, es probable que aún se atisbe un camino de esperanza en medio de la angustiosa banalidad y de la enorme mediocridad de los tiempos modernos…

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