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Cuando explico a mis alumnos las bases de la arqueología estructuralista, no tengo más remedio que comenzar por la teoría del signo lingüístico. Ésta establece que la atribución de significados se hace en el lenguaje mediante un juego de contradicciones: la mesa se dice mesa porque no se dice cuadro, ni casa, ni perro. El hombre es hombre, porque no es mujer (excepto Conchita Wurst, of course). Es decir, que la atribución de significados en el signo lingüístico surge de la lógica de las contradicciones (o de la no contradicción). A fuerza de repetir las cosas, uno acaba creyéndolas, pero, bien pensado, el lenguaje es anterior a Aristóteles y no se puede basar en su lógica formal. El lenguaje está hecho de símbolos y los símbolos no juegan a las contradicciones, las ignoran. La atribución de significados no es lógica, sino poética. Esto significa dos cosas solidarias entre sí: que es metafórica y que es poiética, es decir, que crea la realidad a la vez que la enuncia. Hay nombres de Dios que no conviene decir y hay palabras mágicas que provocan efectos cuando se enuncian (por mucho que esos efectos los pensemos como meramente psicológicos). Lo que caracteriza al símbolo es que no representa la realidad (eso es lo que hace el signo), sino que es la realidad misma contenida en un punto. Por eso es contradictorio: el agua significa la vida y la muerte al mismo tiempo, porque la vida y la muerte no son una pareja de contradicciones lógicas sino dos estados de una misma realidad (el famoso gato de Schrödinger). Luego la realidad es paradójica o tiene una lógica que no es la aristotélica. El oro no representa a la divinidad porque sea eterno como la divinidad, sino porque, al ser eterno, contiene en sí a la divinidad. Generaciones de alquimistas (incluido Isaac Newton) ya sabían esto. El símbolo participa de lo representado, igual que el lenguaje , en función de su carácter poético o metafórico. Es decir, participa de la realidad que designa. De una forma que sólo los poetas están dispuestos a admitir:


¡Intelijencia (sic),, dame
el nombre exacto de las cosas!
… Que mi palabra sea
la cosa misma
creada por mi alma nuevamente.
Que por mí vayan todos
los que no las conocen, a las cosas;
que por mí vayan todos
los que ya las olvidan, a las cosas;
Que por mí vayan todos
Los mismos que las aman, a las cosas…
¡Intelijencia, dame
el nombre exacto, y tuyo
y suyo, y mío, de las cosas!

(Eternidades) 1918
Juan Ramón Jiménez.

LA ILUSTRACIÓN HA HECHO MUCHO DAÑO...

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