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DINERO Y LENGUAJE

El dinero no es más que un lenguaje. El lenguaje en general designa la realidad dotándola de significados. El dinero es eso: un sistema semántico especializado en designar las cosas con referencia al valor que se les atribuye. Por eso, las unidades monetales se llaman también “denominaciones”.
Cuanto más articulado es un sistema semántico, más cuantitativo es, o mejor, permite expresar con más precisión relaciones cuantitativas (abstractas). Hay lenguajes humanos que sólo tienen tres números: uno, dos y muchos. Son lenguajes muy cualitativos, porque ligan la expresión del significado (en este caso de la cantidad) a la experiencia personal y no generalizan. En ellos, uno, dos y muchos equivalen a yo, tú y nosotros/ellos. El lenguaje más abstracto, y por ello más cuantitativo, es el lenguaje matemático.
Igual que hay unos lenguajes más articulados que otros, existen también sistemas dinerarios más articulados (abstractos) que otros. Los sistemas dinerarios arcaicos (premonetales o amonetales) designan preferentemente el valor cualitativo de las personas, como demostró L. Gernet al relacionar acertadamente el concepto de valor con el de valía o valentía personal (Karma). Los objetos que representan el dinero (ganado, cosechas u objetos de lujo) circulan entre personas prestigiosas (comercio de lujo) y designan un valor cualitativo ascendente que culmina en los dioses (las personas más valiosas o con más ser de todas). Por eso, la circulación del dinero se liga al prestigio (valor) de las personas y los grupos (comercio prestigioso). El valor de un elemento dinerario depende del valor (prestigio) de su poseedor y puede incrementarse en la circulación al pasar de un poseedor cualificado a uno aún más cualificado. Normalmente, el destino de estos elementos es ser atesorados en el theaurus o almacén del jefe aristocrático más poderoso o, finalmente, en el templo de la divinidad.
La moneda es uno de los sistemas dinerarios más abstractos que existen desde el punto de vista semántico. Separa el valor de las cosas con respecto a las personas. Una dracma representa el mismo valor en manos de Agamenón que en manos de su porquero. Pero la moneda antigua no es tan abstracta aún como para separar el valor que designa del valor que la constituye a ella misma. Las monedas antiguas son lingotes de metal precioso sancionados por el poder. La sanción (marca del poder, tipo) es una garantía de que el valor que expresan (valor nominal, otro guiño al carácter lingüístico del dinero) coincide con el que contiene (valor real), pues están fabricadas con una materia (oro, plata, bronce) a la que se le atribuye un valor concreto y que constituye en sí una riqueza. Incluso si no estuviese sancionada con el símbolo del poder. Como mucho, se admite al acuñador una detracción mínima de valor real (de metal precioso) equivalente a los gastos de acuñación: hasta un 10% según el metal. El poder (monopolio acuñador) detrae el equivalente a los gastos de fabricación. Y nada más. Pero esta operación práctica de devaluación relativa introduce en la moneda una posibilidad infinita de devenir puro signo monetal sin respaldo de riqueza equivalente. El final del camino es la moneda fiduciaria: aquélla cuyo valor real es infinitamente menor que su valor real, es decir, aquélla cuyo valor depende exclusivamente de la fe que depositamos en el emisor (por eso se dice fiduciaria, de fides = fe).
En los estados antiguos, la estabilidad misma del poder (la fe que se le deposita) dependía de la capacidad que éste tuviese de mantener un alto estándar en el valor real en la moneda. Eso garantizaba una capacidad efectiva de ejercicio del poder por parte del Estado, es decir una capacidad real de incremento de moneda equivalente a un incremento paralelo de riqueza. Para amonedar hay que procurarse metal por los medios habituales: explotación de minas y saqueo de propios y extraños ligado a las proscripciones y a la guerra. No había posibilidad de crecimiento económico por encima del crecimiento de la masa de metal amonedado. Sólo poderes muy sólidos podían andarse por el filo de la espada a este respecto. Así, el sistema alejandrino (de Alejandría, en Egipto, el país del poder monolítico por excelencia) fue capaz de mantener un sistema monetal con altísimas tasas de fiduciariedad con respecto a la plata (no al oro). Un sistema que cuando se quiso implantar en estados con formas de poder menos estables, como el altoimperial romano, acababa generalmente por provocar la ruina de ese poder (que se lo digan a Nerón).
Sólo la aparición de elementos avanzados de crédito (otra vez la fe: la deuda) en la Edad Media-Moderna, separó definitivamente el valor real de la moneda de su valor como sistema semántico (moneda de cuenta). Surgen entonces el billete, la letra, el cheque… El sistema del dinero deja de designar la realidad (riqueza real) y comienza a tener una lógica propia e independiente basada en el signo monetal mismo. La moneda (pura designación) no designa desde este momento la riqueza real circulante, sino la riqueza que se espera que circule a partir de la expectativa de devolución del crédito. La primera fase, la arcaica, fue pues la de la separación entre el dinero y las personas que lo usaban. La segunda, la medieval-moderna (hasta hoy), la de la separación entre el dinero y la riqueza que designa. Esto último se hizo en dos fases; una más antigua en la que el valor de la moneda se anclaba aún teóricamente (aunque no del todo en la práctica) a unas reservas de metal que lo respaldase para evitar que fuera un “simple papelito: patrón oro. Ésta es la razón por la que en los billetes de nuestra infancia ponía “El Banco de España pagará al portador mil pesetas (de oro)”. El oro era el respaldo.
Tras el abandono del patrón oro (segunda fase reciente), en época de Richard Nixon, el dinero-moneda (dólar) ya no tuvo respaldo material real. Fue (y es) pura expectativa de riqueza. Paradójico: pura abstracción (sin respaldo material) racional y cuantitativa y pura fe. Hoy, basta con que se pierda la fe en una moneda para que ésta se desplome, independientemente de la riqueza que circule (casi siempre menor a la que designa esta moneda abstracta que es ya pura cuenta). Y en esas estamos. Hoy, el dinero se ha separado de la riqueza. Totalmente. Es como si (y sin el como si) un lenguaje se separase de la realidad que designa. Queda reducido a pura cáscara que se mantiene en pie al margen de ésta y con su propia lógica interna.
Tengo para mí que no es casualidad que la desintegración de las formas materiales del dinero (patrón oro) coincida con la aparición en el panorama del pensamiento de la teoría postmoderna del lenguaje, una teoría en el que éste queda desligado de la realidad que antes designaba. Ya se sabe, Derrida y todo eso: nada de significados originales, todo es traza de traza de traza. Deuda de deuda de intereses de la deuda.

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