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LA CIUDAD NO ES PARA MÍ

Hasta ahora, hemos pensado la ciudad tardoantigua fundamentalmente como el resultado de un proceso de descomposición de la ciudad que llamamos clásica. Desde esta perspectiva, hemos aislado varios fenómenos que parecen ser otras tantas carencias: falta de un parcelario continuo, ausencia de centros cívicos públicos, invasión de los espacios de tránsito, ruina de los servicios de abastecimiento y evacuación de aguas, retracción de la superficie habitada, fragmentación de las grandes unidades domésticas… Los únicos fenómenos “positivos” (en el sentido de “creadores” de ciudad) o nuevos que apreciamos los asociamos a una realidad también nueva (en apariencia): la cristianización de la topografía urbana. Y es así como explicamos las realidades “ajenas” al urbanismo clásico: la emergencia de múltiples centros urbanos (episcopios, cementerios martiriales) y las conexiones espaciales y temporales entre estos puntos “fuertes” de la nueva realidad (itinerarios y procesiones). ¿Imaginamos la ciudad tardoantigua como la sustitución imperfecta (que hasta huele mal) de un espacio “clásico” que, en el fondo, seguimos considerando ideal? ¿Podremos pensarla como una realidad autónoma, centrada en sí misma, más allá de nuestras eternas protestas contra el idealismo clasicista y de nuestras reivindicaciones generalistas sobre una supuesta “personalidad propia” de lo tardoantiguo? That’s the question…

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