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PIEDRAS VIVIENTES, DIÓCESIS CAMBIANTES: PARA UNA RECONSIDERACIÓN DEL ESPACIO RELIGIOSO EN LA BÉTICA TARDOANTIGUA (SIGLOS V-VII D. C.)

La mayoría de los que hemos trabajado en la Bética tardoantigua desde una perspectiva arqueológica procedemos, de una forma o de otra, de la Arqueología romana en la región. Por eso, arrastramos conceptos y visiones que se centran aún en el espacio rural y urbano propios de la época imperial romana, un momento en el que las dinámicas espaciales están ya muy “cristalizadas” y en el que se ha llegado a una cierta “estabilidad” en las demarcaciones territoriales y en las atribuciones competenciales de los poderes locales y regionales sobre esos territorios. Resulta, entonces, bastante natural que concibamos concebir el proceso que conduce de Alto Imperio a la Antigüedad Tardía como un proceso de pérdidas y como un catálogo de carencias. Por si fuera poco, tenemos grabada a fuego en la cabeza una visión del espacio político “racionalizada” y casi euclidiana: una geografía con límites claros y una relación entre el poder y el espacio sobre el que éste se ejerce que se basa en la geometrización de dicho espacio y en el establecimiento en él de relaciones “abstractas” y “universales”. No importa quién ejerza el poder, el espacio político está ya constituido y sólo hay que administrarlo. De este modo, sólo acertamos a comprender la transformación del territorio durante la Tardoantigüedad como consecuencia de un proceso general que llamamos “cristianización”, pero que, en el fondo, sólo acertamos a formular como un cambio en los criterios de administración y un cambio en las magistraturas que lo ordenan (no un cambio del espacio en sí), derivado de la imposición de un orden religioso. Olvidamos que el espacio siempre se ordena con criterios religiosos (¿no hay una religión romana?). Lo que cambia en época tardoantigua (digamos V-VII d.C.) es el tipo de relación establecida entre el poder religioso y el espacio creado por éste. Así, cuando decimos que los obispados son “magistraturas” ciudadanas, decimos una verdad a medias. La relación entre el obispo y su territorio (su iglesia) no es, al principio del proceso de cristianización, “abstracta” y “universal” (geométrica), sino “personal” y “concreta”. El obispo es un "magistrado ciudadano" muy especial. La base de su poder es el carisma. No hace falta recordar cómo llegan a la cátedra Ambrosio de Milán, Paulino de Nola, San Martín de Tours o incluso Paulo de Mérida. Prácticamente por aclamación: por su carisma personal. El obispado no es una administración factual de un espacio dado, sino que procede a construir este espacio sobre la base de relaciones personales actuales: es una magistratura “pastoral”. Esta es la razón por la cual en las encuestas en el sur de las Galias a propósito de las disputas entre obispados por la titularidad de parroquias situadas en los extremos de sus territorios teóricos, las preguntas que se formulanan a los sacerdotes de estas parroquias no eran del tipo “¿en qué territorio está tu parroquia?”, sino ¿"qué obispo te ordenó?” o ¿"de qué obispo recibes los santos óleos?”. “Quién”, no “dónde”. Incluso en una región como la Bética, con tan pocos textos documentales sobre esta cuestión, las cartas de los papas a los obispos de Hispalis desde el siglo V (y tenemos al menos tres) establecen una relación pastoral (no estrictamente territorial) entre el pontífice y los obispos de la sede a los que se les encarga la organización de Bética y Lusitania (una vez más, una misión pastoral, pues salta límites administrativos). Pecando de nuevo de “romanista”, podría decirse que el concepto de diócesis se parece en esta época más al concepto republicano de “provincia” (conjunto de atribuciones recibidas directamente) que al imperial del mismo término (territorio sobre el que ejercer esas atribuciones). Y esa es la razón por la que el concepto mismo de diócesis aparece con un contenido tan poco concreto (cuando aparece) en la documentación de la época. Es en ese sentido en el que puede hablarse de piedras vivientes, parafraseando una expresión doctrinal muy típica de la época: las iglesias están hechas de piedras vivientes (incluso se graban los nombres de los fieles en el presbiterio) y es por eso que puede hablarse de diócesis cambiantes: desde un concepto pastoral o paterno-filial de encargo diocesano a un concepto territorial que es muy tardío (s. VII), que hace coincidir finalmente las diócesis y los condados y que queda abortado en la Bética por la islamización posterior a 711. Esta es una de las claves (y no la menor) para comprender las mutaciones espaciales del siglo VI y del siglo VII, la aparición de las iglesias rurales, las disputas entre obispos y las dedicaciones a mártires de las basílicas (una vez más, la relación, concreta, personal y preferencial, antes que la geométrica). Esta proyección territorial de los mártires y de los obispos es, pues, una consecuencia de la primacía de las iglesias vivientes (triunfantes o militantes) sobre las iglesias de piedra y del carácter pastoral de la misión diocesana del obispo sobre su territorialidad competencial. Jusqu'à preuve du contraire...

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