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LOS ANTIGUOS Y NOSOTROS QUE LOS QUISIMOS TANTO. REFLEXIONES DESDE LA ARQUEOLOGÍA COMO PROFESIÓN

Desde que empezó la crisis (a la fuerza ahorcan) las empresas arqueológicas y otros profesionales (yo mismo ando metido en esto) hemos comenzado a practicar una arqueología reconstructiva que incluye las batallas, las comidas, los vinos y las salsas de los antiguos. Las posibilidades son muchas y unas veces se hace más dignamente que otras, como en todo. Pero en general, como los arquitectos que están hablando de reciclar o de gestionar sin construir en el caso de los podemitas, hemos comenzado a prescindir de la excavación. Los que aún las tenemos nos hemos contagiado del reconstruccionismo (¿qué fue primero el huevo o...?) y andamos locos con analíticas varias que es lo más "cool" en los congresos y casi lo único que se cuenta ya en ellos. Podemos calcular cuántos kilos de pescado salado comía el romano per capita, pero somos incapaces de decir qué mecanismos de mercado o no mercado había detrás de eso y cómo se organiza el sustento de un imperio. Hace tiempo que nos quedamos sin Polanyis. Ya sé que soy muy pesado, pero estamos inmersos en el síndrome de los Picapiedra: pensar que los antiguos eran como nosotros, pero con otra ropa y otro mobiliario. Y, en el fondo, lo eran, pero las sociedades se organizan de modo diferente. Y tendríamos que aprender de esas formas diferentes a la nuestra de organización. Félix de Azúa ha dicho en una entrevista reciente que los humanistas del siglo XVI innovaban política y económicamente volviendo los ojos al pasado grecorromano, lo mismo que dijo hace unos meses Régis Debray en la radio, sólo que añadiendo que lo hacían porque no podían hablar directamente de su presente político por cuestiones de censura. Nosotros, que sí podemos (aunque cada vez vayamos pudiendo menos), nos autocensuramos. A lo peor, en esto consisten las ANECAs y las calidades universitarias con sus rankings tan de moda: en que no se hable de lo que no se debe. Por inanición más que por prohibición directa. Quedan algunos Asterixs (¿cómo será el plural de la declinación gala con nominativo en -iX?) en sus aldeas, académicas o no: hace unas semanas, me sorprendió la diferenciación que hace Bernard Stiglitz, al que escuché en el programa de Olivier de Lagarde (Un monde d'idées), entre trabajo y empleo. Y cómo insistía en la necesidad de recuperar el sentido antiguo del trabajo frente a la alienación del empleo moderno. El espíritu de Bataille sopla, desde luego, tras las palabras de este ex-presidiario que ahora es uno de los sociólogos de referencia en Europa y uno de sus gurúes intelectuales de moda. No me extraña: algo saben ambos del hombre antiguo y lo que tendría que enseñar al moderno si éste se dejase. Y si dejase de jugar a los clics y a los gladiadores...

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