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EL ESCEPTICISMO

“SEÑOR, SI NO SABEMOS ADÓNDE VAS, ¿CÓMO PODREMOS CONOCER EL CAMINO?” REFLEXIONES ATEOLÓGICAS SOBRE UNA CUESTIÓN QUE NO ES DE FE.

Decía Regis Debray (y ha recordado oportunamente Gregorio Luri en su blog) que nadie es contemporáneo de sí mismo. Y es verdad. La clase de verdad contradictoria e incómoda. Los jóvenes pertenecen al futuro; los que no lo somos, comenzamos a pertenecer al pasado, y los niños están fuera del tiempo. Por lo que hace a los menos jóvenes, suele decirse que el tiempo nos hace “conservadores”. Esto no es exacto. Primero, porque “conservador” no es la palabra adecuada. Segundo, porque el tiempo no actúa por sí mismo y no tiene efectos. El metal no se corroe por el paso del tiempo sino por la clase de reacciones que se dan en el tiempo, o mejor, que crean el tiempo. Y la clase de reacción propia de la edad no produce “conservadores”, sino más bien escépticos. El escepticismo es la clase de virtud o de defecto creadora del tiempo de los hombres, del tiempo de cada hombre. Lo que me parece que caracteriza al escepticismo es su calidad de asimétrico (como el federalismo del señor Snchz). Uno se hace más escéptico con respecto al futuro que con respecto al pasado. Por eso se “descontemporaniza” uno. Quiero decir que el escepticismo no lo puede todo contra la evidencia, y veo como una evidencia que el pasado ya ha producido algo, mientras que el futuro aún está por testar. En verdad, no se puede esperar de él gran cosa. La naturaleza humana es siempre la misma y no es previsible que cambie. Pero es que, además, el futuro no está “decantado”. No pertenece a la experiencia, sino a la esperanza. Uno prefiere no esperar o aprende a ver que, como quiso Franz Rosenzweig, la salvación que otorga la esperanza no está al final, sino en la esperanza misma (encendamos las lámparas). Uno se agarra a los efectos de un pasado cuyas pesadillas están ya olvidadas o asumidas. En efecto, uno no se hace “conservador” por el tiempo, que no existe, o por el miedo, que se pierde a la misma velocidad que la vergüenza. ¡Qué demonios!: uno no se hace “conservador”, uno se hace socrático. Pero no del Sócrates ético, honesto y cívico (a veces, uno prefiere a un sofista que a un ético de manual), sino de ese Sócrates escondido y profundo que guarda silencio, silencio socrático. Y no es que, como en la música, los silencios sean siempre tan elocuentes como los sonidos, sino que a veces es mejor guardar silencio. Se guarda silencio ante lo que sobrecoge; se guarda silencio frente a lo que no es pertinente; se guarda, de forma también socrática, silencio como un preludio. Pero para que ese preludio sea verdaderamente socrático es necesario que sea el preludio a una pregunta. Nunca a una respuesta.

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