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POLÍTICA MONETARIA Y CRISIS SOCIAL EN EL SIGLO IV D.C.

(Extracto de E. García Vargas, "La Europa de época Tardorromana", en G. Chic García (dir). Historia de Europa (siglos X a.C.- - V d.C.), Universidad de Sevilla, 2014, pp. 684-688..

(La reforma monetal de 294) tuvo por intención apuntalar las equivalencias entre monedas de metales distintos, elevando a cantidad de plata en las denominaciones de vellón hasta un 5% y aumentando su peso, así como sobrevaluando el vellón con respecto al oro. El intento de restaurar el plurimetalismo sobre estas bases, a pesar de la mejora general de la calidad de las monedas plateadas, encontró de nuevo como fundamental escollo la falta de correspondencia entre el valor real en plata de las monedas de vellón, cuyo fino seguía siendo muy bajo, y el valor nominal que le atribuía la administración.
La falta endémica de plata y la necesidad de mantener artificialmente bajo el valor del oro, no sólo para respaldar esta débil moneda de vellón, sino para, cada vez con mayor decisión, drenar el metal amarillo hacia las arcas del Estado, pues se era consciente de la mayor facilidad de suministro y el mayor rendimiento fiscal y financiero del oro como materia monetal, sugirió una medida radicalmente nueva que conocemos gracias a una inscripción hallada en Afrodisias: el aumento al doble del poder adquisitivo (geminata potentia) de las piezas de vellón. Éstas, al contrario de las de oro que mantenían su valor, pasaban así a convertirse en monedas casi completamente fiduciarias, siguiendo el sistema monetario tradicional en Alejandría, donde la plata había sido siempre una materia escasa. En realidad, la medida empeoró la situación, porque el “público” tendía a usar la moneda con un valor real lo más próximo posible a su contenido en metal precioso, lo que obligó, sólo tres meses después, en diciembre de 301, a emitir un Edicto de Precios Máximos que establecías una larga lista de precios máximos oficiales en denarios de cuenta para mercancías y servicios.
El segundo intento por restablecer la confianza en la moneda y por crear unas bases más saneadas para la economía imperial la realizó Constantino en 309 d.C. Sólo que entonces las medidas pivotaron por primera vez sobre el oro, como si, en la línea de sus antecesores, se pretendiera avanzar más decididamente que nunca hacia la sustitución total de las reservas estatales de plata por su equivalencia en oro. La medida consistió en la creación de una nueva divisa áurea de referencia, el solidus, tallada a 1/72 de la libra, una reducción ponderal que, a riesgo de crear desconfianza en la solidez de la nueva moneda, buscaba convertir el oro en patrón monetal por excelencia. Aunque la opción del oro no se consolidó hasta después de 324 d.C., momento en que, dueño ya de Oriente, Constantino pudo multiplicar las emisiones de solidi manteniendo estable su precio a pesar del volumen de emisión. Esto fue posible, porque, al mismo tiempo que se lanzaban los nuevos solidi, se ponían a la venta las fincas sagradas confiscadas a los templos paganos y se procedía a una auténtica “desamortización civil”, poniendo dos tercios de los bienes inmuebles de las ciudades del Imperio bajo control imperial directo.
El oro procedente de la fusión de los tesoros incautados a los santuarios, operación confirmada por la analítica físico-química realizada por J.-P. Callu, incrementó sustancialmente un stock áureo a disposición del emperador que estaba ya en crecimiento constante desde la época de la Tetrarquía gracias a varios factores coincidentes: el control de Armeia e Iberia y la anexión de las satrapías caucásicas, zonas productoras de oro, tras la derrota de los Persas en 299; la política de ventas obligatorias de oro (recordémoslo, infravalorado con respecto al vellón) por parte los particulares al Estado (coemptio auri argentique) puesta en marcha hacia 300 d.C. y continuada por Constantino hasta 324/325 d.C., y los mecanismos fiscales directos en el interior (reforma del sistema tributario) y en las fronteras (imposición sobre el comercio oriental en aduanas restauradas como la de Nísibis o como los pasos del Danubio tras los diversos pactos con los reyes godos).
A pesar de estos avances en la sustitución de la plata por el oro como materia de la circulación monetaria por excelencia, lo cierto es que Diocleciano y los tetrarcas , e incluso hasta cierto punto el primer Constantino, contribuyeron a mantener artificialmente alto el precio de la plata que no acababa de estabilizarse a una ratio de cambio con el oro que reflejase sus respectivos valores “de mercado”. Esta defensa “residual” de la moneda divisionaria de vellón tenía una razón de orden básicamente fiscal. A pesar de la creciente importancia del suministro de oro, su entrada en las arcas imperiales era demasiado lenta aún para que quedase garantizada la total sustitución de las reservas de metal plateado por metal amarillo. Las estimaciones de producción de moneda de oro hechas por F. Depeyrot muestran, en efecto, un incremento sostenido, pero no espectacular, de las emisiones de oro entre 310 y 340 d.C., periodo de tiempo en el que la contribución de las cecas de la pars orientalis en la producción total de moneda de oro, pasó de un 52% a un 79%.
Para hacer descansar el conjunto de la economía imperial sobre el oro mejor que sobre la plata no bastaba con acuñarlo en un volumen creciente. Era necesario, además, distribuirlo de manera eficaz y, sobre todo, mantenerlo en circulación sin que se perdiera, como había sido corriente en el siglo III d. C., en tesaurizaciones y ocultaciones varias. Para lo primero se recurrió, como era lo acostumbrado, a donativos y a repartos; para lo segundo, fue necesario hacer que su empleo en los circuitos económicos oficiales resultara conveniente para el usuario. Es decir, hubo que proceder a elevar el valor del oro para aproximarlo a su cotización real de mercado, convirtiéndolo de este modo en un instrumento ventajoso, o al menos no lesivo, de intercambio económico. Los papiros egipcios recogen las últimas operaciones de coemptio auri argentique en 324 d.C., lo que significa probablemente que a partir de esta fecha el recurso a la infravaloración del oro como mecanismo parafiscal de recaudación dejó de tener efectos lo suficientemente remuneradores como para mantener el sistema de ventas obligatorias. En definitiva lo que debió pasar a partir de 324 es que el papel del oro en las transacciones económicas tanto de los privados y el Estado como de los privados entre sí se consolidó de manera dramática para el destino de las clases sociales subalternas que debían resignarse a emplear una moneda de vellón cuya cotización con respecto al oro acabaría por hundirse ya durante el gobierno de Constancio II. Se daba paso, de este modo, a un nuevo y virulento ciclo inflacionario que esta vez no era debido a la devaluación del fino de la moneda plateada, como era lo habitual hasta entonces, sino a la presencia de una divisa áurea fuerte valorada en, aproximadamente, su precio real de mercado, si es que puede hablarse para esta época en estos términos.
Fue precisamente la revalorización (parcial) del oro con respecto al vellón y su imposición como elemento de cambio y valoración operada por primera vez al final del período de gobierno de Constantino, lo que, como lamentó lúcidamente el anónimo autor del libelo conocido como De rebus bellicis, escrito seguramente en tiempos de Valentiniano I [364-375 d.C.], permitió a los ricos aumentar sus riquezas y su lustre social, es decir, hacerse más brillantes (clariores), en detrimento de los pobres (in perniciem pauperum). El Anónimo (De rebus bellicis, 3) identifica correctamente tanto el mecanismo empleado, asignar “al oro [reevaluado] el lugar del bronce [incluso] en los intercambios menores” (aurum pro aere ... vilibus commerciis adsignavit), como la forma en que se puso en marcha, pues se dice que fue la liberalidad de Constantino (Constantini temporibus profusa largitio), la responsable de extender la divisa de oro entre las clases superiores mediante el citado recurso a los regalos y repartos. Ello no fue posible, siempre siguiendo al Anónimo, hasta que las ingentes cantidades de riquezas acumuladas en los templos paganos (aurum argentumque et lapidum pretiosorum magna vis in templis reposita) fueron decomisadas y puestas en circulación (ad publicum pervenissent).
El “vuelco hacia el oro” de Constantino no sólo había renovado la inflación galopante, aunque ahora sobre otras bases monetarias distintas, sino que también la había reconducido hacia una manifestación no lesiva para las clases dominantes que eran detentadoras de oro, haciéndola recaer sobre las espaldas de la mayoría de la población, especialmente sobre las de los estratos “intermedios” de la misma. Las consecuencias de semejante "política monetaria" marcaron, pues, los desarrollos sociales de los siglos siguientes y giraron en tomo a un hecho simple: el ensanchamiento del abismo económico entre ricos (potentiores) y pobres (humiliores), abriendo así las puertas a las realidades sociales propiamente bajoimperiales.
En la época de los sucesores de Constantino se hizo evidente la dimensión y la irreversibilidad de este “vuelco hacia el oro” del sistema económico y fiscal. De hecho, se calcula que las emisiones de moneda de oro realizadas entre 346 y 388 d.C. superaron en veinte veces a las efectuadas entre 337, año de la muerte de Constantino, y 346 d.C. La condición para la circulación de esta masa monetaria fue, efectivamente, una fiscalidad crecientemente recaudada en oro y un recurso igualmente creciente a las conmutaciones de los impuestos y los sueldos en especie de los oficiales de la administración por pagos en oro. Ello obligó al Estado, a partir de los decenios centrales del siglo IV d.C., a estabilizar, como se ha indicado, el precio de dicho metal en su valor real de mercado, pues ahora que la fiscalidad y el pago de las rentas se exigían más frecuentemente en oro, no convenía al Estado mantener el precio artificialmente bajo del metal amarillo que se estipuló cuando pretendía adquirirlo de forma compulsiva a un precio ventajoso para la administración.
El Estado pasó de comprador a acreedor en oro, además de emisor y distribuidor de los solidi y comenzó a preocuparse por controlar la pureza y el peso de las emisiones. Las leyes monetarias de Valentiniano I (364-368 d.C.) que obligaban a fundir la moneda recibida por el Estado según una ley constante y un peso uniforme garantizados por la inscripción Obryzia, pueden considerarse el final del proceso de sustitución de las reservas estatales de plata por su equivalente en oro. Ya se ha señalado que este proceso había comenzado en época de la Tetrarquía y que había conducido a la multiplicación de los recursos del Estado pero también a una quiebra social provocada por los privilegios económicos y fiscales de un reducido número de detentadores de moneda de oro frente a una mayoría de la población obligada a operar con moneda devaluada.
Resaneadas las finanzas públicas gracias al papel central del oro en los pagos y los ingresos estatales, el bronce podía volver a su papel tradicional de moneda divisionaria y se suprimía el recurso al vellón inflacionario. Hacía su aparición, además, (358 d. C.) una divisa de plata restaurada (la siliqua, acuñada desde Constancio II a Teodosio), lo que no suponía, sin embargo, más que una apariencia de recuperación del sistema trimetálico. Objeto de una circulación escasa y casi limitada a Occidente y a la esfera militar, la divisa de plata y su papel en el sistema monetario quedaron reducidos a constituir una fracción del solidus acuñada en otro metal, lo que justifica que finalmente, fuera sustituida en 396 d.C. por el tremis o tercio de sólido emitido en oro puro.
La polarización entre circulación del oro y circulación del bronce condujo, además de a una más clara separación de las clases sociales, a una dependencia creciente de los estamentos populares con respecto a los grupos privilegiados. El empleo del oro como vehículo prioritario de fiscalidad suponía que las clases menesterosas debían ponerse literalmente en manos de los honestiores que respondían fiscalmente por la sus dependientes, iniciándose ahora, como ha sabido ver G. Depeyrot, el largo camino de las relaciones personales de dependencia que atravesarán los años finales de la Edad Antigua y se consolidarán largamente en los de la Edad Media.
La reaparición de los banqueros y cambistas que habían desaparecido del mundo de los negocios casi sin dejar huella a lo largo del siglo III d. C, fue tal vez fruto de la necesidad de establecer puentes de relación entre la circulación del oro y la del bronce, pues, actuando como vendedores de oro al Estado, surtían de moneda menuda a los mercados y al público general bajo la forma de cambios a tasas abusivas o de préstamos con un alto tipo de interés. Esta última era la clase de negocio que los hacía odiosos a los ojos de los estamentos populares. Además, en su mayor parte, los prestamistas eran comerciantes enriquecidos que disponían de un stock monetario suficiente y de una red de relaciones estable en el ámbito oficial y en círculos mercantiles, especialmente en relación con el comercio oriental, lo que llevará a muchos sirios, judíos u orientales en general, a ocupar los lugares nodales en el entramado comercial a lo largo del siglo siguiente, viendo favorecidas sus ganancias por la falta de escrúpulos derivada de su carácter extraño a las comunidades en la que trabajaban.

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