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Magnus Maximus (AD 383-388). AV solidus (21mm, 4.64 gm)

Magnus Maximus (AD 383-388). AV solidus (21mm, 4.64 gm)

La moneda es una institución que me resulta casi hegeliana. Quiero decir, extremadamente contradictoria. Siempre oculta lo mismo que muestra (si se puede hablar en estos términos) y sin duda el hecho de que tenga dos caras (anverso y reverso) es incluso una ironía sobre su propia naturaleza, casi un sarcasmo.

Al nacer como sustituto del lingote, la moneda aparece indefectiblemente ligada a un contenido en metal precioso casi puro. Por razones físicas (maleabilidad) y financieras (ganancia del acuñador o al menos ausencia de pérdida por los gastos de acuñación) no puede, sin embargo, alcanzar nunca un contenido del 100% de metal precioso. Eso la convierte en potencia en un instrumento de pago de tipo fiduciario (que no vale lo que vale, sino lo que creemos que vale), puesto que bastará con aumentar progresivamente su “potentia”, es decir la parte de ganancia (no sólo económica) del soberano (diríamos, la “potestas” de este último) para aumentar su valor nominal alterando el real (una operación delicada, no obstante, dado el habitual rechazo del usuario a admitir esta clase de juegos de prestidigitación). Desde el principio, aunque se parta de un contenido de metal prácticamente puro (que irá disminuyendo por muy diversas causas) se abre, pues la posibilidad (durante mucho tiempo casi desapercibida) de usar la moneda como un elemento de pago, tesauración y cuenta absolutamente virtual en cuanto a su valor (un puro signo).

Si esto ya es paradójico, más raro me parece aún el papel de la moneda de oro. Porque casi todo este carácter contradictorio entre “potentia” y “substantia” queda suprimido y como superado por un simple hecho, una nueva pirueta de ilusionista: que no se trata propiamente de una moneda.

El oro es tan maleable que puede acuñarse puro y además, otorga tanto prestigio que el soberano no necesita ganar nada físico en su acuñación: su simple presencia sobre la valuta de oro le garantiza la “auctoritas”, es decir, una ganancia (literalmente) incalculable en prestigio. La moneda de oro es la moneda del prestigio. Y no sólo porque se trata de la materia misma de la eternidad, sino también porque no participa del carácter mercantil, pirático y engañoso de la moneda de plata que siempre introduce un valor falso por pequeño que sea. Tanto es así que la moneda de oro no es propiamente una moneda. Precisamente, porque hemos establecido de partida que toda moneda, desde su origen, debe tener la posibilidad de devenir un simple signo, condición que el oro impide.

La moneda de oro es entonces más que una moneda y menos que eso: es una mercancía (“merx”). Por esta razón, el Edicto de precios de 300 le puede dar un valor expresado en denarios de cuenta (puro signo el denario ya, pero no el áureo) que es exactamente el mismo que le da al oro sin acuñar. Y por eso ambas materias, el oro amonedado y el oro en lingotes, pueden multiplicar cinco veces su precio en sólo dos décadas entre 300 y 318, como nos muestran los papiros egipcios y otros documentos: porque están sometidas a las mismas leyes que el resto de las mercancías. Pero la moneda de oro es también una mercancía especial que sirve como referencia de valor para otras mercancías (de ahí su carácter monetal), que se encuentra repartida de forma más o menos universal (aunque no es abundante) y que no suele rechazarse como materia de cambio en ninguna situación posible (como también ocurre con la verdadera moneda). Todo ello convierte a la moneda de oro en una mecancía (“merx”) de estaus especial, en una mercancía que en un momento dado (por eso es moneda y no es moneda) puede funcionar también como expresión de valor (“pretium). Siempre a riesgo de abrir un abismo entre los usuarios de dos tipos de moneda: los que emplean la verdadera moneda, la de vellón, (“pretium”), cada vez más desprovista de valor y sometida a tensiones inflacionistas que empobrecen sin remedio a su usario, y los que se benefician del uso de la moneda de oro, en el fondo una mercancía (merx) preciada de valor estable en sí misma dada las escasas posibilidades de multiplicar su cantidad de una forma realmente significativa (excepto tras la conquista de América) y constantemente revalorizada con respecto a la moneda de cuenta por el simple hecho de que esta última se encuentra siempre en proceso de pérdida de valor.

Última paradoja: resulta sorprendente que desde muy pronto el sistema financiero entero dependiese completamente de una valuta, la moneda de oro, que no era en sí un instrumento financiero, sino simplemente una mercancía.      

 

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