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LA CASA, EL AGUA Y EL ESTAR-EN-EL-MUNDO

Una larga conversación con un amigo (cuánto se aprende hablando, no me extraña que el diálogo fuera el primer “género” filosófico) sobre cuestiones de epistemología y metodología de la ciencia (arqueológica) me ha hecho regresar a dos libros del mismo autor, Gaston Bachelard (1884-1962), leídos hace ya tiempo. Bachelard es un autor oficialmente olvidado, aunque tiene el mérito de haber sido en cierto sentido el maestro y en gran parte el granero de ideas de grandes como Lacan, Althusser, Foucault o Veyne. Aunque para mi gusto, y como se dice en Marchena, ninguno se le “arrima” en intuición y profundidad de pensamiento tanto como otro de sus "·influenciados": Georges Bataille (una vez más, un heterodoxo). Bachelard fue filósofo de la ciencia hasta que, no se sabe por qué, decidió imponerse la tarea de indagar en los símbolos primigenios de la cultura humana. Era la época del psicoanálisis, así que esta primera investigación (“Psicoanálisis del fuego”, “La tierra y las ensoñaciones del reposo”, “El agua y los sueños”) está hecha como una especie de profundización piscoanalítica en los grandes tabúes de la cultura humana a través de metodologías en gran parte “freudianas”. Sin embargo, sus últimos títulos (“La poética del espacio” o “El derecho a soñar”), suponen el abandono de este camino a partir de pequeños hallazgos fenomenológicos en obras incluso muy iniciales, como “El agua y los sueños”. El giro fenomenológico es ya pleno en “La poética del espacio”, donde traza un panorama impresionante sobre los conceptos no euclidianos del espacio a partir de la obra de los poetas modernos (es por tanto un libro tan recomendable para los arquitectos como “Las siete Lámparas de la Arquitectura” de Ruskin). Una idea final (que no puede llamarse propiamente una conclusión) de esta obra es la siguiente: nuestra idea del espacio (la de cada uno) como seres humanos (no como geógrafos, como arquitectos, como arqueólogos o como geólogos, sino como humanos) procede del recuerdo de la casa de nuestra infancia (por eso es un concepto tan onírico que sólo los poetas son capaces de expresarlo). Se trata de una casa a la que nunca se vuelve, aunque siga existiendo o incluso aunque sigamos viviendo en ella. En “El agua y los sueños” (cuya magistral continuación es “H2O y las aguas del olvido” de Illich) ya había un salto fenomenológico de este tipo (imaginación de la materia lo llama Bachelard): todas las imágenes del agua (contradictorias y polisémicas, pero presentes en todos los poetas, las mismas, desde El libro de los Muertos hasta el último Nobel, e incluso en los fadistas….) proceden de nuestra primera conexión con el mundo de lo líquido: la leche materna. A pesar de las “adherencias” psicoanalíticas que aún tiene esta idea, en “El agua y los sueños”, estamos ya plenamente en un Bachelard fenomenológico, de una fenomenología “minimalista”, básica, fundamental: todo procede de nuestra manera de entrar y de estar en el mundo. Me importa menos ahora la “verdad” de las conclusiones que el método. Y éste menos aún que una idea básica: la única comprensión posible del mundo social procede de las conexiones orgánicas que definen LA PERTENENCIA a ese mundo. El fenómeno humano fundamental es la conexión y la pertenencia. Por eso, esta naturaleza humana básica (millones de años nos contemplan, no os agarréis a la Revolución Francesa, “creaturitas”) es tan reacia a la razón pues, ésta, por definición, es universalista y despersonalizadora (decomunizante, si existe el palabro). OJO, moralistas. Esto no es un programa moral ni un “deber ser”. Es una constatación (discutible) y una descripción (interesada). La pertenencia es un dato básico. Por “naturaleza humana” (la leche materna, la casa, la lengua, los olores) somos seres apegados. Por eso, el racismo y la xenofobia son fenómenos humanos y no formas metafísicas del mal. Y por eso se inventó la cultura: para reprimir las pulsiones y reconducirlas hacia formas más integradoras (de cultura). La pertenencia es entonces más biológica (si se me admite la diferenciación) que cultural, aunque la cultura se aproveche de su potencialidad aglutinadora (¿ventaja evolutiva?). En arqueología, por llevarlo a mi terreno, nunca comprenderemos nada sobre el vino, el aceite y las salazones (en cuanto materias de una conexión fisiológica primaria y de una pertenencia al mundo de los sabores y de la cocina: lo crudo y lo cocido) si no consideramos estas “fruslerías” bachelardianas que estoy señalando y que me parecen tan olvidadas como imprescindibles. Nunca comprenderemos nada... por mucho que juntemos todos los cachitos de ánforas del mundo…

 
 
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